-Muy bien, muy fructífera –contestó con la más artificial y amplia de sus sonrisas.
-¿Vendrás por la tarde? –pregunté.
-No, estudiaré un poco en casa después de comer, pero más tarde quedé para tomar un café.
-De acuerdo, nos vemos.
Sabía lo mucho que Marcia odiaba que me siguiera acercando a ella con cualquier excusa. Sabía que yo no debía hacerlo, pero una fuerza irrefrenable me conducía una y otra vez hacia esa chica. Y lo mal que lo pasaba yo al dirigirme a ella no lo supo nunca nadie. Mi ritmo cardíaco sufría cada vez que entraba en la biblioteca porque, en el fondo, sabía que era inevitable que hablara con ella, aunque se tratara de una despedida. La sensación que venía siempre a continuación era la misma: vergüenza. Observaba a mi alrededor si alguien me había visto cometiendo el pecado de hablar con mi ex-novia.
De camino a casa, mi inconsciente repetía una y otra vez las últimas palabras de Mario: “…eso va a encerrarte en un círculo vicioso del que no vas a poder salir.”
Imposible, eso jamás me podría pasar a mi. Es cierto que frecuentemente me sumía en profundas depresiones, pero pensaba que era normal, dada la difícil situación por la que estaba pasando. Estaba convencido de que el tiempo acabaría cicatrizando las heridas de mi alma. Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, más angustiado me sentía… No, no me puede estar pasando esto a mi. Si algo me había caracterizado en mis años de instituto era que me entregaba a la diversión con un fanatismo contagioso que me había granjeado la aceptación fraternal de mis amigos. Cuando tocaba el momento de pasarlo bien, era, en cierto modo, el líder; conseguía despertar pasiones dormidas y disfrutaba viendo cómo los demás se unían a mi felicidad. ¡Qué lejano me parecía todo aquello!