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El coche entraba en un estrecho callejón, y yo, algo nervioso por la nueva vida que se me presentaba, miraba, a través de la ventanilla trasera, la pequeña edificación gris de tres plantas que ocupaba el largo de la calle.

-Por aquí debe ser –dijo mi padre, al volante.

¿Cómo que “por aquí debe ser”? En aquella calle tan corta sólo se encontraba aquél minúsculo edificio (si bien es cierto que contaba con dos portales), puesto que en la acera de enfrente había otro edificio, pero aún estaba en construcción. O era aquél lugar o habría que seguir buscando.

-Seguro que es éste edificio –afirmó de nuevo mi padre

Aquello no era la idea que yo me había formado sobre cómo debía ser una residencia para universitarios. Es cierto que nunca había visto ninguna, pero aquél sitio era demasiado pequeño. No había duda de que mi padre se equivocaba.

-Calle de la Exposición… y el número 3 está ahí mismo –señaló mi madre.

¡Oh, no! ¿aquél diminuto y frío edificio iba a ser mi nuevo “hogar”?, ¿cómo había llegado yo hasta allí?

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